OJOS NEGROS DE PROFUNDO ABISMO

SUSANA PAGANO

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"The nightmare", 
Johann Heinrich Füssli, 
Óleo sobre lienzo
1781

La chica duerme sobre una cama enorme y muy alta; la cubren sábanas de hilo suave, sedoso, y un edredón relleno de pluma de ganso. El colchón es ancho y de una dureza que invita al sueño profundo. Las paredes de la habitación se encuentran revestidas de tapices que recuerdan un poco los palacios europeos. Por las pequeñas ventanas se cuelan unos tenues rayos de luna y una suave ventisca gélida que empaña el falso sueño de la joven quien abre despacio los ojos en un intento por recuperar la vigilia. Un dolor apenas perceptible le hace recordar que no se encuentra del todo bien y que aquélla no es su recámara. Sin embargo, los ojos, como órganos independientes que obedecen órdenes propias, vuelven a cerrarse en una especie de duermevela que garantiza la sumisión de su dueña. En uno de esos intentos por recuperar la voluntad, la chica alcanza a distinguir una figura etérea y volátil que se acerca a ella. No sabe si es una silueta femenina o masculina; su embrutecido cerebro no alcanza a distinguir si se trata de un ángel o de un demonio. Pero está segura de que, por fuerza, debe tratarse de lo segundo. De lo contrario, ella no estaría ahí en contra de su voluntad y dormiría plácidamente en su propia cama. Desde algún rincón de su cerebro, algo parecido a la conciencia alcanza a decirle que debe despertar, moverse, desentumir los agarrotados miembros y alejarse de ahí. Pero el ente aquél se acerca poco a poco al lecho. Un tálamo en el que la joven mujer se siente atada aun sin ataduras. No sabe si se debe a una escasa luz o a la imaginación, pero está segura de haber alcanzado a distinguir un brillo metálico y malévolo emergiendo del par de ojos luciferinos. Desea salir corriendo, y no puede siquiera moverse. Pero está tan adormilada y entumecida que ni siquiera siente miedo. Pero una mano de dedos largos e insólitamente suaves, se desliza por sus tobillos desnudos. Siente que la recorre un escalofrío muy tenue, casi placentero, pues las manos no son las ásperas garras que esperaría de un ser diabólico, sino la tersa seda de una piel habituada al refinamiento. Con gran esfuerzo, alcanza a realizar un ligero movimiento que más bien parece un espasmo. Entonces las garras del extraño ser se tensan sobre sus tobillos apresándola y tirando de ellos hacia sí. Ella lanza un gemido prácticamente inaudible. En medio de la tranquilidad nocturna se escucha cómo se desgarra de un tirón la tela de la camisa de dormir. Un nuevo gemido emana de su pecho aunque esta vez no se escucha porque las maquiavélicas manos se entretienen haciendo trizas los ropajes. Y allá en el fondo de su mente y de su entendimiento, alcanza a percibir que ya no es un sólo espíritu del mal, sino dos los que desean devorarla. Eso es lo que harán conmigo, piensa, me harán trizas como a mi camisón, y luego me comerán. Un golpe de pánico le sacude el pecho pero no logra mover los miembros del cuerpo, no consigue abrir los ojos por completo, no puede siquiera respirar con libertad. 
      Uno es un íncubo. El otro es un súcubo. Ahora lo sabe. Lo tiene claro. Recuerda los relatos aterradores de los que hablaba el sacerdote durante la misa del domingo. Los súcubos, decía, son aquellos demonios con forma de mujer que entran a las habitaciones de hombres lozanos para seducirlos con sus malas artes. Pero también mencionó a los íncubos, de ellos dijo que son esos mismos seres malignos pero con forma de hermosos varones que ingresan a las casas buscando llevarse la virginidad de jóvenes núbiles. Y yo estoy entre dos, piensa. En un intento por recuperar el dominio de sí misma, logra abrir los ojos y ver al íncubo. Un hermoso rostro de varón con unos intensos ojos negros que la miran con lujuria, se inclina sobre ella. La chica cierra los párpados, sabe que debe luchar por salvar su integridad y, sin embargo, permite que un sopor oscuro y siniestro la arrastre a las profundidades del abismo.