LA BEFANA

SUSANA PAGANO

     I.

─ ¡La Befana no existe!
      ─ ¡Que sí!, ¡que sí existe!
      ─ ¡No seas necia, Grazzia! Es un cuento para bambine tontas como tú. 
    Grazzia miró a Giordano con el ceño fruncido y corrió a refugiarse a su rincón de la pequeña choza, en donde Salvatore le había acondicionado un montón de cobijas viejas que encontró arrumbadas después de la catástrofe que se llevara a su familia entera a la tumba. La peste negra, terminaron por llamarla. Y terminó con un tercio de la población. Algunos pueblos casi desaparecieron de tanto que la enfermedad se ensañó con ellos. Florencia no. La capital de la Toscana permanecía de pie pero muy a duras penas, casi a fuerza de voluntad por mantenerse estoica, incólume, resistiendo el embate de las muertes sucedidas una detrás de la otra. Como si un dios cruel se hubiese ensañado con los florentinos, como si un dios sediento de sangre pensara que lo mejor que podía suceder era borrar a sus habitantes humanos de la faz de la tierra. Como si hubiésemos olvidado que éramos inmortales. Porque el día que perdimos esa memoria comenzamos a perecer, a ser presa de las enfermedades, de las guerras, de la hambruna y del rencor. Porque más allá de los factores externos está el odio. Ése es el que terminó por aniquilarnos. En algún momento eso fue lo que sucedió y la peste negra asoló las poblaciones barriendo sus calles de gente mezquina y gente buena por igual. Lo mismo daba que fueras un asesino implacable que una bondadosa viejecilla, la Befana, que le lleva dulces el 6 de enero a los niños que se portan bien. A la muerte negra eso no le importó y vino a aplastarnos con su inmenso pie dispuesto a pisotear amor y dignidad. Dispuesto a romper usos, costumbres y virtudes. 
      ─ ¡Te odio, Giordano, te odio!
    Salvatore salió de su marasmo cuando escuchó los gritos de Grazzia. Hacía tiempo que no veía a su pequeña protegida chillando con tal enfado. Y mucho menos hacia Giordano, por quien sentía verdadera devoción. Grazzia llegó un día a su vivienda, escuálida y muerta de hambre, poco tiempo después de que la peste negra azotara la península. Él había perdido a toda su familia, ella también. Así juntaron amores y voluntades. Como un padre a una hija. Y así se entendieron desde el principio. Pero después vino a unirse este chico -también famélico- de profesión trovadora y ojos almendrados. Un jovencito pocos años mayor que Grazzia pero tan infantil como ella. Y así reñían, como dos niños malcriados que aún no se dan cuenta de lo mucho que han logrado sobrevivir y que lo han hecho a pesar de todas las expectativas. Compartían casa los tres huérfanos: unos de padre y madre; otro de esposa e hijos. Y unían fuerzas para seguir sobreviviendo a la calamidad… Pero a veces se volvían insoportables.
      ─ ¡Basta! ─gritó Salvatore al mismo tiempo que arrojaba un par de leños más a la chimenea. Hombre de talle titánico, mirada hosca y pocas palabras que sabía intimidar a cualquiera. Pero no a Grazzia que hacía de él un títere sin voluntad con tan sólo dirigirle una de aquellas miradas desvalidas que tan bien manejaba. Pero en esta ocasión el hombretón golpeó la mesa con su manaza y la niña dejó de chillar al momento. También sabía cuál era su límite. Salvatore, al mismo tiempo, fulminó a Giordano con ojos de advertencia. Se hizo el silencio durante un largo rato en el que la niña se volvió muda e invisible y Salvatore desplumaba el pato que había cazado esa mañana. Sumiso e inquieto, Giordano quiso unirse a la faena pero Salvatore, con voz baja y ronca, ordenó─: ¡Ve al huerto por zanahorias y remolacha! 
      El chico salió presuroso mientras Salvatore seguía desplumando el ave sin voltear a ver a Grazzia. Se hacía el desentendido a propósito. Le molestaban los pleitos caseros desde que tenía su propia familia, menos los iba a soportar ahora con esta suerte de familia adoptada. Al poco tiempo ya había olvidado el lío entre los críos. Pensaba en las próximas festividades. Sería la primera Natale desde el inicio de la era del miedo. Así que éstas prometían ser unas fiestas llenas de tristeza y melancolía, pero continuar con las tradiciones ancestrales se hacía necesario y le devolvía algo de cotidianidad y cordura a la trastornada vida que llevaban todos. 
      Con sus propias manos Salvatore enterró a sus cinco hijos y a su esposa. Lo hizo para evitar que se los llevara la carroza fúnebre que los iría a echar a la fosa común. Ahí arrojaban una remesa de cadáveres y una capa de cal, luego otra remesa de cadáveres y una nueva capa de cal, y así sucesivamente. ¿Como lasaña? Sí, como lasaña. Eso le dijeron. No permitiría que su familia pasara a formar parte de esa tétrica visión de muerte y olvido, y prefirió darles sepultura dentro de su propiedad, en el pequeño huerto que tenía atrás… cerca de lo que alguna vez fue un establo y que ahora era tan sólo un cobertizo. A todos, los había perdido a todos. ¿Por eso adoptaste a este par de huérfanos errantes?, se preguntó. Claro, ¿por qué más? 
Estaba a punto de arrojar el pato recién desplumado y destripado al caldero sobre los leños ardiendo cuando se sobresaltó con la figura llorosa y lánguida de Grazzia frente a él. Se desmoronó enseguida. Por más que intentaba ser rígido con el par de hijos apadrinados, como lo había sido con sus propios hijos, esta niña de mirada lacónica le producía un efecto languidecedor. Me estoy haciendo viejo, sentenció. 
      ─ ¿Es verdad que no existe la Befana?
    ¿Cómo? ¿Cómo explicarle a esos ojos cuajados de lágrimas que la anciana de rostro suave era tan sólo parte de un ritual navideño? 
      ─ La Befana, al igual que Papá Noel son tan reales como tú y como yo, la mia bambina.
    La habitación se iluminó con la sonrisa de Grazzia. Y Salvatore se sintió tan impostor como los mismos personajes mentados. Estos años de enfermedad, dolor y sufrimiento no parecían haber mellado la inocencia de una niña que parecía haberse estancando para siempre en la infancia a pesar de sus trece o catorce años. La verdad es que nadie le llevaba la cuenta a la vida. 
      ─ Entonces ¿por qué Giordano dijo que no?
      ─ Porque Giordano es un piccolo cretino.
      La carcajada de Grazzia cobijó el corazón de Salvatore. La pequeña corrió a abrazarlo, le llenó el rostro de besos y salió de la choza tan feliz como sólo una niña tiene el arrojo de hacerlo. Salvatore ya no tuvo ánimo de reprocharse a sí mismo no ser más rígido en la educación de esa muchachita que llegara a su vida de manera tan fortuita.
      En algún momento se nos olvidó que éramos inmortales. Se nos olvidó que poseemos una partícula de Dios. Olvidamos que tenemos el poder de decidir sobre lo que pasa y los que pasará. En algún momento nos dijeron que no valía la pena hacer el esfuerzo de comportarnos como lo que realmente somos y nos dedicamos a lamentarnos, a lamer unas heridas que aún no existen pero que, a fuerza de proponérnoslo, nos las infringimos. Se nos olvidó eso y que lo que vemos aquí es tan irreal como lo que pensamos que está más allá. Todo eso se nos olvidó. También que teníamos libertad de creencias y que podíamos adorar a un solo dios o a varios. Por eso ahora estamos siendo castigados. Porque se nos olvidó que pertenecemos a un lugar privilegiado dentro del reino animal y nos dedicamos a convertirnos en seres tan indignos como las ratas o los insectos o los animales rastreros. Por eso estamos siendo castigados, porque no lo merecemos. Es culpa de los judíos, nos dijeron. Y también de las brujas que con sus hechizos vienen a hacer el mal, a tentar a Satanás. Es culpa de los judíos y de las brujas… o de las mujeres, que son todas lo mismo, eso nos dijeron. Pero yo no creo nada de eso. Yo creo que es porque se nos olvidó que éramos inmortales y con ello, desafiamos a Dios.
El agua hervía a borbotones cuando Salvatore regresó de sus disgregaciones. Aún no podía olvidar los años en que la muerte negra llegó para instalarse a Florencia. Y ahora esta celebración navideña. ¿Quién tiene ganas de festejar nada? Pero Grazzia se lo pidió, le suplicó que lo hicieran, que eran los días de alabar el nacimiento del niño Dios. También que participaran en la pastorelle, que hicieran struffoli y panforte. Yo llevo el panforte al horno de signora Eleonora, le dijo. ¿De dónde vamos a sacar las nueces, la miel, los higos? Yo los consigo, le dijo Grazzia en aquella ocasión. Salvatore olvidó el asunto casi inmediatamente. ¿En dónde iban a conseguir tantos manjares viviendo la situación que vivían no sólo ellos, sino todos los florentinos? Pero tres días más tarde Grazzia cumplió su promesa y llegó a casa cargando un envoltorio con los productos que requerían para hacer los dulces de navidad. ¿Volviste a robar?, le preguntó sabiendo que existía una enorme posibilidad de que así hubiera conseguido los ingredientes, pues ya en una ocasión el hambre la había orillado a hurtar una hogaza de pan. Ella negó con la cabeza y confesó que había intercambiado el último recuerdo que le quedaba de su familia: un burdo camafeo elaborado en bronce e incrustaciones de concha. Salvatore tuvo que acceder a sus caprichos. 
    Regresando una vez más de sus cavilaciones, el antiguo cardador agregó el pato al agua hirviendo y comenzó a picar las zanahorias y la remolacha que Giordano introdujo subrepticiamente a la cocina para luego desaparecer casi al instante. Pero antes de salir al frío invernal, Salvatore alcanzó a pillarlo para decirle que a él, la Befana le dejaría carbón en lugar de dulces por haber sido tan ruin y mezquino con la bambina. Luego de comer el pato irían a la iglesia di Santa Croce, aún en construcción, para ayudar a colocar el presepe y la decoración de manzanas para el árbol navideño. También pasaría a recoger el panforte al horno de signora Eleonora. Y por cierto, debía reconocer que éste último no era precisamente de sus dulces predilectos, pues le desagradaba su sabor amargoso. Los struffoli, en cambio, de textura suave por dentro y crujiente por fuera representaban… Un grito de espanto lo sacó de sus reflexiones. Era Grazzia. Algo grave sucedía. 
      Recordó el día que sus caminos se cruzaron por primera vez. Una niña aterrada, famélica y sucia pretendía esconderse detrás de la pata de la mesa de su propia cocina. Cerraba los ojos con fuerza con la creencia de que, si ella no lo veía a él, él no la podría ver a ella. Pero Salvatore había notado su presencia desde el primer instante en que puso un pie dentro de la cabaña. Sin embargo, por un rato largo se hizo el desentendido, siguiéndole el juego que para ella no era un juego ya que consideraba que su vida dependía de ello. Pero él le dejó creer que no se había dado cuenta de su intrusión en casa ajena. En cambio, se dedicó a guisar el conejo que logró cazar en aquella ocasión. Para cuando el almuerzo estuvo listo, Grazzia dormía el sueño profundo de los inocentes. Salvatore la despertó tocándole ligeramente el hombro y ofreciéndole el primer caldo sustancioso que comería en meses. Ese día se volvieron inseparables. Se adoptaron uno al otro. Se adoptaron, sin querer o quizá queriéndolo, como padre y como hija. Y ahora esa nueva hija se encontraba en peligro. En tres zancadas Salvatore llegó a la letrina, que es de donde provenía el grito, y entró azotando de un manotazo la puerta creyendo que se encontraría a su protegida siendo devorada por un animal venido de las montañas. En cambio, se topó con los ojos nuevamente llorosos de Grazzia que lo miraba asustada y le mostraba sus manos ensangrentadas. Por un momento, Salvatore creyó que, en efecto, un oso, un lobo o hasta un buitre, había atacado a la pequeña que ahora le mostraba sus heridas. Tardó varios segundos en percatarse de la situación real, lo hizo cuando entró Giordano que también llegaba atraído por los gritos. Al darse cuenta del problema, le ordenó al chico que volviera a sus faenas. Lo hizo en tono brusco, casi enojado. Giordano sabía que ese tono no debía ser cuestionado y, una vez más, desapareció. A Grazzia, en cambio, la tomó de la muñeca y la sacó de la letrina casi en volandas. Ella pedía una explicación mientras lloraba y sorbía mocos. Él sólo la sacaba de ahí enardecido y la llevaba a casa de Angelica* la vecina. Una vez ahí, le entregó a Grazzia y en tono brusco ordenó:
      ─ Ya no es una niña. Enséñale lo que ha de hacer.
      Grazzia se le quedó viendo a la vecina con el rostro empapado en lágrimas, atónita. La tal Angelica, a quien Grazzia había visto sólo ocasionalmente y de lejos, le hizo una seña con la cabeza para que entrara a su casa. Antes de ingresar, la niña echó un último vistazo a Salvatore. Pero él se alejaba ya por el sendero sin volverse ni una sola vez. El mundo cambiaba para ella en ese momento, inexorablemente. Y aún no sabía el porqué.

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Los siguientes capítulos de este cuento se encuentran en un libro ya publicado llamado "Cuentos para leer en Navidad", Editorial Lectorum, México 2016. Para adquirir el libro, haz click aquí.

*Se ha utilizado el nombre de Angelica sin acento de forma deliberada, ya que se optó por su grafía en italiano.