NOCHEBUENA

SUSANA PAGANO

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Escapó del hospital psiquiátrico un 24 de diciembre. El personal andaba distraído con aquello de la cena, los romeritos, el pavo y los regalos. Nadie se dio cuenta de que uno de los pacientes se encontraba ausente. Qué contradicción, o se encuentra o no se encuentra, pensó Ramiro, el paciente en cuestión. Era un hombre que rondaba los 65 años, calvo como bola de boliche, delgado como un esqueleto y de grandes ojeras negras bajo los ojos. Usaba una bata de baño que alguna vez fue roja. Ramiro se fue del hospital sin más. Dijo: ahora es cuando. Y cogió una pequeña bolsa de plástico en la que guardaba un poco de dinero y un pasaporte vigente. Esto último era lo más importante porque planeaba abandonar el país de una vez y para siempre. Es el colmo que lo tengan a uno viviendo en estas condiciones, le había dicho a su compañero de habitación apenas un par de días antes. Le dijo que estaba harto de la comida, de las nalgas planas de la enfermera del turno nocturno y de la plaga de pulgas que amenazaba todos los días con comerse la poca comida que le daban. Bastó con que esperara el momento oportuno para que se distrajeran los pocos empleados que habían corrido con la desgraciada suerte de pasar la Nochebuena en el hospital. Y entonces se encaminó a la entrada principal, manipuló la cerradura con el par de ganzúas que tenía desde sus tiempos de cerrajero y salió a la calle como cualquier hijo de vecino. Los demás seguían en lo suyo mientras él caminaba tranquilamente por las calles de una ciudad que de pronto le pareció harto desconocida. Ah caray, pensó, como que algo aquí está diferente. Claro que está diferente, manito, le contestó su compañero de habitación. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Cómo qué hago aquí? No te puedes deshacer de mí, ¿no te acuerdas que vivo en tu cabeza? Ah, sí es cierto… entonces explícame cómo es que todo es tan distinto. Has estado encerrado por más de 20 años, ¿qué esperabas? Ah, con razón. Y bueno, ¿a dónde vamos? Preguntó emocionado su compañero, que ahora sabía era su alter ego. No sé, dímelo tú. Perdóname, pero el de la idea de huir fuiste tú, así que tú has de saber. Pues no, la verdad es que no sé. Bueno, traemos pasaporte, eso te debe dar alguna idea. Ramiro buscó en su bolsa de plástico, efectivamente, traía su pasaporte. Salía muy guapo en la foto, sonrió al verse a sí mismo en aquella fotografía en blanco y negro. Iremos al norte, dijo, a Canadá. Excelente idea, dijo el otro. Caminaron juntos un rato, todavía sin reconocer calles, comercios ni edificios. Vaya, ni los automóviles eran iguales. Claro que no son iguales, tonto, ahora son nuevos. Luego pasaron por una panadería que no recordaba haber visto nunca porque nunca la había visto. Y al ver su imagen reflejada en el vidrio no reconoció al viejo que proyectaba. Pero yo estoy como el de la foto del pasaporte. No, manito, tú estás así como el del vidrio. Ah… Entraron a la panadería, de pronto se le había antojado un pan, por suerte la panadería todavía estaba abierta. Colocó en la charola un garibaldi para él y un mamón para su compañero. Los llevó al despachador pero cuando quiso pagar la dependienta se le quedó mirando. Aquí no aceptamos esos billetes, le dijo. Le quitó el pan y se dio la media vuelta, sin volverlo a mirar. De qué está hablando. Entonces intervino una señora de esas afables que siempre intervienen en las conversaciones ajenas. ¡Mira, un billete de veinte mil pesos! ¡Hacía como 25 años que no veía uno de esos!… la señora muy amable, muy amable pero no fue para pagarle sus 15 pesos de pan con un billete de los que traen a Nezahualcóyotl. Ramiro y su compañero salieron de la panadería con la cabeza gacha y de manera mecánica encaminaron juntos sus pasos de regreso al hospital. Entraron por la misma puerta por la que habían salido, pasaron por el pasillo donde enfermeras y camilleros seguían festejando su cena navideña y regresaron juntos a su conocida y deteriorada habitación. Pero el año que entra seguro sí nos vamos para Canadá, ¿oíste? Sí, Ramiro, el año que entra seguro sí nos vamos.