VUELTA A CASA

SUSANA PAGANO

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Dio un fuerte suspiro. Sabía que éste era de los últimos, que estaba a punto de sucumbir. Le había llegado su hora y estaba bien. Era el tiempo de marcharse y no tenía por qué entristecerse, mucho menos sentir miedo. Muy por el contrario, era un momento gozoso, uno de los más felices de su vida porque sabía que volvería a su lado. En su lecho, rodeada de sus hijos, de sus nietos y los varios bisnietos que ya tenía, María suspiró y regresó al pasado. Recordó el día en que decidió seguirlo: fue poco después de haberse sanado de aquél mal de mujer que por años la tuvo sangrando. Su familia desaprobó su decisión. No veían con buenos ojos al forastero de ojos negros que acababa de llegar a la ciudad. Le tenían desconfianza, algo de resquemor e, incluso, le temían. El temor es producto de la ignorancia, les decía ella en su intento por convencerlos de su decisión. Pero hicieron oídos sordos y continuaron teniendo miedo. Intentaron, incluso, recluirla para evitar que fuera tras él. Has vuelto a enfermar, le decían, pero ahora de la cabeza. Sin embargo, la fortaleza que adquirió cuando lo conoció era mucho más vigorosa que cualquier cadena, que cualquier impedimento. 
        María, eterna María… 
       ¿Qué pasa, madre?, ¿necesita usted algo? Le preguntó el hijo varón. No es nada, pensó ella, sin posibilidad de decirlo en voz alta, es sólo que escucho su voz, me está llamando. Al no recibir respuesta, o eso pensaba, el hijo enjugó la frente sudorosa de su madre y le acercó una vasija con agua fresca. María bebió a sorbitos y siguió recordando. Le vino a la memoria el día en que él le confió el gran secreto, el cual no era otro sino el de que ella sería la guardiana del saber. 
       Tú llevarás la sabiduría a otras como tú, le dijo. A todas aquellas almas que estén dispuestas a escucharte. Pero tardarás mucho en hacerte oír. Tu voz no podrá sonar hasta dentro de muchos años, quizá milenios. Los hombres aún no se dan cuenta de por qué hacen lo que hacen. Pero, cuando lo hagan, estarán listos para prestarte atención. Y mientras tanto, tú llevarás la semilla de la sabiduría a todas las mujeres; y oirán las que quieran oír y verán las que quieran ver. Luego, vendrá el reino de todas ellas juntas, y tú serás su maestra. 
Qué pasará con los hombres y con los hijos de los hombres, preguntó María. 
Pero él no respondió. Se limitó a sonreír y menear la cabeza, pensativo. 
       Ustedes, María, sólo ustedes. 
       María volvió en sí por unos segundos y abrió los ojos. El recuerdo de aquél día se encontraba grabado en su cerebro como si lo hubiesen hecho a fuego. En su mente permanecían almacenadas cada palabra, cada gesto. Sonrió con beneplácito y le hizo una seña a su hija. Le pidió que se aproximara. La aludida acercó la oreja a la boca de su madre. Los demás aguardaron con respeto, sin interrumpir, sin preguntar nada. Pero observaban, sobre todo el hijo varón. Él veía con interés todos y cada uno de los movimientos de su madre. Qué podría querer decirle a su hermana que no le decía a él. El hijo se movió en su sitio casi imperceptiblemente. Se sintió de pronto incómodo, pues tuvo la certeza de que no se enteraría. Y así fue. Cuando volvió a ver el rostro de su hermana, notó que había cambiado, que de alguna manera, ya no era la misma persona. Él no entendió qué sucedía, pero captó lo suficiente para sentirse celoso, desconfiado. La hija de María volvió a colocarse en su lugar dentro de la pequeña y asfixiante habitación. María observó entonces a su hijo y notó el rictus torcido y los labios fruncidos de su vástago. Confirmó lo que se le había dicho hacía tantos años, que la sabiduría no podía ser entregada a cualquier persona, aunque se tratase de los propios hijos. En realidad no le había revelado grandes secretos a su hija. Pero lo que le había dicho cambiaría muchas cosas. Se trataba del lugar en el que se encontraban resguardados ciertos escritos. Ella, la hija, habría de ir a buscarlos y estudiarlos. 
      Pero no sé leer, madre. 
      Sí que lo sabes, le respondió María, siempre lo has sabido, lo has olvidado como has olvidado tantas cosas… a todos nos ha pasado lo mismo y todos habremos de recordar. Y luego de que leas aquellos escritos, volverás a colocarlos en su sitio para otras generaciones en el futuro. Y el aprendizaje que obtengas luego de haberlos leído, lo transmitirás de boca en boca a tus hijas y ellas a sus hijas y así sucesivamente. La hija obedeció la petición de su madre y lo ejecutó tal como se lo ordenó. Así, el conocimiento que adquirió de aquellos escritos pasó de una mujer a otra y a otra y a todas. Cientos de ellas fueron perseguidas, otras ardieron en las piras, muchas más fueron torturadas. Pero todas siguieron divulgando la sabiduría. 
María abrió los ojos y cogió la mano que se le extendía. Había vuelto a casa.