LA MUERTE SE PINTA DE ÓPERA

SUSANA PAGANO

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Escuché pasos. Era un taconeo regular. Suave pero firme… de hombre. Giré para ver atrás de mí. Pero yo estaba en la ópera y ahí no había manera de que resonaran los pasos de ningún zapato sobre el suelo alfombrado. Tampoco la música y los cánticos del aria Habanera de Carmen dejaban mucho espacio para escuchar algo más que no fuera la música. Aunque yo los había oído claramente, estaba segura. Después de mirar en derredor y comprobar que, efectivamente, no había nadie que me persiguiera, regresé mi atención hacia la obra que se desarrollaba sobre el escenario. Miré de soslayo a mi esposo quien, amante como era de la ópera, seguía con su atención muy lejos de mí. La voz melodiosa y dulce de la soprano me abstrajo una vez más y me dejé llevar nuevamente por la historia, la escenografía, la música y las voces privilegiadas que hacían su acto operístico… Hasta que me percaté de que corría por un callejón lóbrego y oscuro. ¿Qué hago aquí?, me pregunté con el corazón acelerado y la respiración desfalleciente. Mas no era el mejor momento para andarme con cuestionamientos, era claro que mi vida corría peligro y yo debía salir de ahí. Los tacones altos que había elegido para ir a la ópera hacían que mi huida se tornara torpe y lenta… incluso peligrosa. En cambio, el resonar de los zapatos masculinos me indicaba que el hombre en cuestión estaba cada vez más cerca de mí. Esto debe ser una pesadilla, me dije, yo estoy en la ópera escuchando una extraordinaria… ¡No!, ¡tú no estás en ninguna ópera!… ¿Quién dijo eso? ¿Quién dijo qué? Preguntó mi esposo con sorpresa y ojos de reproche. Querida, no hables tan alto, vas a hacer que nos echen de aquí. Di un gran suspiro al ver que en realidad estaba en el palco de la ópera viendo la obra de Bizet. Sin embargo, aún sentía el corazón latiendo desmesurado bajo el vestido de noche. Pensé que aquella había sido una visión bastante extravagante y decidí no darle demasiadas vueltas. Debía concentrarme en lo que había venido a hacer aquí, una de mis actividades artísticas favoritas. Pero no hubo mucho tiempo para ello porque sentí cómo un líquido tibio y pegajoso escurría por mi abdomen mientras aún intentaba alejarme de mi agresor en aquél callejón maloliente, sucio y oscuro. ¿Cómo llegué aquí? Una pregunta que, a estas alturas, carecía de importancia. Apreté con fuerza la herida roja disimulada por el vestido del mismo color y luego miré mis manos ensangrentadas. Casi me dieron ganas de reír. Esto no tiene ningún sentido, grité, estoy en la ópera viendo una obra de Bizet. ¿Qué te pasa, por Dios?, me preguntó mi marido realmente furioso, ¿a qué se deben esos gritos? Todo el auditorio me volteaba a ver, incluso el director de orquesta se había visto obligado a dejar en suspenso a sus músicos. Sentí cómo me sonrojaba de vergüenza. Qué ridículo, pensé, sonrojarse cuando se está uno muriendo. Pero yo me encuentro en la Scala de Milán, me dije, viendo una extraordinaria puesta en escena al lado de mi esposo pero… Miré con detenimiento el callejón oscuro. Lo conozco, dije para mis adentros, está en el barrio donde viví tantos años… allá en mi ciudad natal. De pronto me sentí débil, tan débil y como si me apagaran la luz poco a poco… el callejón ya se había desvanecido por completo, los pasos de varón no resonaban más en mis oídos. Y sin embargo, yo yacía tendida en el suelo del palco de la Scala de Milán con la herida de una puñalada en el vientre y la vida que se me iba por esa herida. Mientras, mi marido a un lado mío, me miraba completamente perplejo. Y allá, en mi ciudad natal a 10,262 kilómetros de distancia, un par de policías encontraban un gran charco de sangre y un puñal sin víctima.