LA MALDICIÓN DE LOS ANCESTROS

SUSANA PAGANO

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Cepillaba su cabello largo, tan largo, que casi llegaba a sus tobillos. Lo hacía mientras miraba por la ventana con nostálgico suspiro. Cepillaba por mechones para agilizar la tarea. Y suspiraba. No porque sufriera mal de amores, no porque se le hubiera muerto el hombre amado. Sino porque la maldición de sus ancestros estaba por caer sobre ella. Una maldición tan antigua como sus ancestros mismos y que databa de muchos años atrás en los que la enfermedad de la peste negra había venido a sus tierras a destruir vidas como manojos de uvas al pisarse luego de la vendimia. De aquél entonces ya han transcurrido más de tres mil años. Cinco guerras mundiales han tenido lugar y la población se reduce a cuatrocientas mil almas en la totalidad del orbe. Que la raza humana está en extinción, escuchó decir a su abuela, la mujer que la criara en ausencia de la madre muerta, precisamente, bajo la maldición de los ancestros. ¿Qué significa eso, abuela? Preguntó siendo aún niña. Que pronto moriremos todos y se terminarán las personas y volverán a reinar los animales grandes, los pequeños, los mamíferos, los ovíparos y los marsupiales. La humanidad es necia, hija, y por eso debemos cumplir con la maldición. Desde entonces, Ananda era consciente de su papel en la tierra de cargar con semejante anatema. La maldición, hija, no se puede vencer, tan sólo controlar… Y en qué consiste la maldición, abuela. Lo sabrás a su debido tiempo. Y ese tiempo llegó, llegó ahora mientras cepillaba su cabello frente a la ventana de piedra. Por eso Ananda suspiraba y seguía cepillando su luengo cabello. ¿Por qué siempre tiene que ser así? Se preguntaba al tiempo que contaba el número de cepilladas. Diez, once, doce, trece… Porque es la única forma que tenemos de impedir que desaparezca la raza humana, sucumbiremos y no hay nada qué podamos hacer, se respondió a sí misma con las exactas mismas palabras con que su abuela le había enseñado. Ananda sintió cómo resbalaba por su mejilla una gruesa lágrima salada. La maldición, pensó, se cobrará mi vida como lo hizo con la de mi madre, ¿qué sucedería si me rebelase a ella? ¡Imposible! Terció su abuela con un grito que la hizo estremecerse desde su puesto en la ventana. No te di permiso de intervenir en mis pensamientos, abuela. Ananda miró a su abuela con reproche, como nunca lo había hecho. No puedes rebelarte a la maldición, niña. Por qué no. Porque así ha sido desde hace milenios y así tendrá que seguir siendo hasta el fin de la eternidad. Ananda se le quedó mirando a la mujer que la había criado y a quien adoraba más que a su propia vida, y sin embargo, sintió el calorcillo de la ira y el rencor en su interior. La anciana se percató de las emociones de su nieta y enfureció. Desde hacía más de quinientos años que la humanidad se podía comunicar a través de los pensamientos y de las emociones, pero sólo con el consentimiento del otro. Su abuela estaba traspasando una línea sagrada que a nadie estaba permitido cruzar. Sin levantar la voz, sin hablar con palabras, ya que su abuela parecía querer violentar sus pensamientos, Ananda alzó el tono de sus emociones y de las vibraciones de sus pensamientos. Hemos soportado esta maldición por más de tres mil años porque supuestamente así conseguiremos repoblar la tierra y aun así, la humanidad está desapareciendo. Nos hemos doblegado a sus deseos porque nos han dicho que así lo hagamos pero yo ya no estoy dispuesta a hacerlo, no sacrificaré mi vida en pos de la maldición y conmigo la haré terminar, nadie más tendrá que morir por ella. ¡No puedes hacer eso, Ananda! Puedo hacer lo que yo desee, abuela. ¿Y cómo crees que llevarás a cabo tu plan?, preguntó con sorna. Cerraré mis pensamientos a los demás, los conservaré sólo para mí misma y no volverán a exigirme que los exponga. Se escuchó el grito de su abuela por todo el enorme edificio de piedra y de torres medievales que albergaba a los cuatrocientos mil habitantes que quedaban sobre la tierra. Los demás no tuvieron que preguntarse qué sucedía con la anciana porque ya habían escuchado en sus mentes la discusión entre abuela y nieta. Y aterrados se estaban percatando al momento de que Ananda, en efecto, acababa de cerrar su mente y sus pensamientos hacia los demás reservándolos sólo para sí misma. Debido a que ya no la podía escuchar con el sonido de su mente, la abuela tuvo que emitir su pregunta en voz alta, ¿y entonces, qué harás ahora? Me iré de aquí, respondió la nieta también en voz alta. Me marcharé a otras tierras y a otros lugares lejanos desde donde le enseñaré a quienes deseen a valerse por sí mismos, conquistaré mis propios deseos porque, ya libre de la maldición, podré pensar por mí misma y hacer las cosas por mí misma y no tendré que morir porque decidiré cuándo hacerlo y cómo. Eres una ingrata y una desagradecida. Quizá, pero ahora seré una ingrata libre y una desagradecida libre. Seré libre. Soy libre. Ananda salió del castillo oscuro, lóbrego y húmedo. Detrás de ella comenzaron a salir otros. Los menos tímidos, los más aventureros. La maldición de la ignorancia al fin había terminado.