UNA MIRADA LLENA DE ABISMO

SUSANA PAGANO

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Se le quedó mirando varios segundos sin decir nada. Sólo esperando. Ella tenía la cabeza gacha, no podía verlo a los ojos. Se sentía confundida. También tenía miedo. Él sabía que podía manejar la situación, controlar los hilos. Quizá eso fuera a lo que ella le tenía miedo. Como siempre, él controlaba todo. ¿También controlaría esto? Sí, se respondió a sí misma, esto también y todo lo demás. Se levantó de un salto y salió corriendo. Él no lo esperaba, así que por milésimas de segundo no reaccionó. Aunque no necesitó más de tres zancadas para darle alcance. La tomó por los cabellos, con muy poca sutileza. La hizo volver a sentarse en la silla con un brusco tirón. A dónde creías que ibas, parecía preguntarle con los ojos. Ella sólo bajó de nuevo la cabeza. Mírame, le ordenó. Ella no lo hizo, permaneció con los ojos apuntando al suelo. Estaba tan harta. Harta de recibir órdenes, harta de obedecerlas, harta de… él levantó la mano al aire. Merecía ese bofetón. Ella se concentró. La mano de él se quedó petrificada en el aire y no pudo bajarla para azotar el rostro de su esposa como había planeado. Y por más que se esforzaba, no conseguía mover un solo músculo. 
       Qué está pasando, por Dios. 
       No invoques a Dios, dijo ella y se levantó de su asiento. Ahora sí lo miró de frente. 
       ¿Qué estás haciendo? 
       Lo que debí hacer hace muchos años. 
       ¿Por qué no puedo bajar la mano? 
     Ella sólo esbozó una sonrisa que le causó a él un escalofrío tan intenso como si la temperatura hubiera descendido de golpe. 
      ¿Tú sabes que tenemos el conocimiento?, preguntó ella desde una voz muy lejana de la suya, una que no reconoció como propia. 
       ¿De qué conocimiento hablas? 
       Del Conocimiento, con mayúscula… o Sabiduría, para que mejor me entiendas. 
       Tú no eres más que una mujer como cualquier otra, ignorante, estúpida y vacía. 
     Sí, eso piensas, siempre lo has pensado. Pero te tengo noticias, ha llegado el momento en que dejes de pensar de ese modo. Y si no lo haces por las buenas, lo harás por las malas. 
       ¿En serio?, ¿me vas a torturar, a golpear o a matar? 
       No estaría haciendo nada que no hubieras hecho tú antes… bueno, excepto matar, claro.
       Siempre que te he castigado ha sido porque lo has merecido, haces cosas estúpidas. 
       Sí, sí, claro que hago cosas estúpidas, la primera fue haberme casado contigo. 
       ¿Y con quién más te hubieras casado de no haberlo hecho conmigo? 
       Ella soltó una carcajada.
       Ahora sí te estás ganando todos y cada uno de los golpes. 
       Ajá, pero no me interrumpas, ahora estoy hablando yo. 
      La esposa se levantó de la silla con lentitud y rodeó al marido que seguía petrificado en una sola posición, con la mano en alto para descargar un golpe. Ella colocó su mano sobre la cabeza del hombre que por años la había sobajado, humillado, golpeado, vejado. Él abrió los ojos con desmesura. 
       ¿Qué está pasando?, preguntó azorado. 
     Ella no respondió, no había nada más que quisiera o tuviera intensión de decirle. El marido comenzó a retorcerse del dolor. Ella no estaba haciendo nada, sólo rozaba ligeramente la cabeza del hombre que ya aullaba, pues sentía que la cabeza le estallaría. La esposa acercó su rostro al de él y retiró la mano. El alivio que experimentó el marido fue mayúsculo, pues el dolor de cabeza remitió de inmediato. 
       No volveré a tocarte, lo juro. 
       Claro que no volverás a hacerlo. 
      Ella subió a la habitación, cogió un pequeño maletín que tenía preparado, se calzó unos zapatos cómodos, se puso una chamarra de cuero y pasó frente a su marido agarrotado, pues seguía en la misma posición. 
      ¿Te vas? 
      Ella se limitó a caminar hacia la puerta. Desde el lugar en el que él se encontraba, rígido y sin voluntad para moverse, le gritó que no se fuera, que no lo podía dejar ahí como estatua de sal, que debía deshacer el encantamiento, embrujo o lo que fuera que le hubiera hecho. Pero ella ya no lo escuchaba, abrió la puerta y salió sin intensión de volver jamás. Conforme ella se alejaba, él comenzaba a recuperar la movilidad de su brazo y luego del cuerpo entero. Una furia desmedida lo invadió. Corrió hacia la puerta, la alcanzaría y ahora sí sabría lo que era haberlo hecho enfurecer de verdad. Pero al llegar al umbral, se detuvo justo a tiempo para no caer al vacío. La puerta abierta daba hacia el abismo. Desconcertado, miró en dirección de su esposa, la cual se alejaba con toda tranquilidad por la calle. Creyó que lo habría drogado y por eso alucinaba, así que dio un paso hacia afuera y tuvo que agarrarse de la puerta abierta para no ser tragado por la nada, la auténtica nada, que se abría bajo sus pies. Con grandes esfuerzos, y colgando de la puerta como si se tratara de un muñeco de trapo a la deriva, regresó al interior de la casa. Entonces vio cómo es que toda su casa parecía flotar en la inmensidad del espacio vacío. Y él se encontraba ahí, encerrado en el hogar de sus propios miedos, de sus propios pensamientos. Por cuánto tiempo tendría que permanecer ahí, se preguntó. Cuánto tiempo más duraría ese castigo. 
       Una voz en su interior le respondió y entonces supo que de ahí, no saldría jamás.