GOTAS ROJAS

SUSANA PAGANO

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Se escucha una trompeta desafinada en la lejanía. El sol cae a plomo sobre los cofres de los automóviles, sobre las aceras, sobre los árboles del parque y de las conciencias de las personas que caminan hacia sus destinos sin pensamientos que gobiernen sus decisiones, apenas en la vigilia, pero como si estuvieran dormidos, o anestesiados, o catatónicos. Parecen una recua de ganado. 
        La trompeta sigue desafinando a lo lejos como un sordo recordatorio de que a veces la vida no es como la pintan, que es más un duelo de voluntades que un goce natural por las cosas sencillas. 
    La pareja está sentada. Uno frente al otro, mirándose sin decir nada, queriendo decirse todo pero conteniendo las voluntades. Él desea terminar con aquello de una buena vez. Ella anhela continuar con una relación que ya no se sostiene sola pero que más miedo da perderla que conservar los rencores y los malos ratos. Es preferible sentirse malquerida, piensa, que abandonada a ratos de ocio y películas lacrimógenas. Él la contempla y recuerda toda la pesadez que significa sobrellevar una intimidad que no es tan íntima y una voz aguda y monótona que ya harta más de lo que alegra. 
       No te soporto, está a punto de declarar pero en cambio dice: podemos intentarlo. Ya no me interesa, dice ella cuando en realidad quisiera seguir intentándolo toda la vida. Está bien, confirma él y da media vuelta. Ella no siente nada. No hay sentimiento alguno que atraviese su corazón, ni su razón, ni su entendimiento, está congelada en una no-emoción que la mantiene como estatua, rígida y fría. Él comienza a alejarse sin haber agregado nada más, ni una despedida… mucho menos un agradecimiento. Si lo que siente es alivio. Por fin, dice para sus adentros. Pero ella no está tan convencida, en realidad esperaba un resultado diferente. ¿Acaso no es siempre así, que queremos cosas distintas al otro? Ella casi no lo puede creer, pero en realidad lo sabía. No te hagas taruga, se dice a sí misma, siempre lo supiste. 
       Él se aleja poco a poco tan quitado de la pena, tan ligero ahora, tan aliviado de ya no tener que hacer algo que llevaba un tiempo odiando. Y entonces se imagina la cara de sus amigos y sus felicitaciones. Hasta que por fin, wey, le dirán, ya era hora de que te deshicieras de esa pinche vieja neurótica. 
       Esa pinche vieja a la que todos querían, apoyaban y respetaban tan sólo unas horas antes pero que ahora se ha vuelto la indeseable, la loca, la “neuras” y la insoportable. Así pasa, así será con la siguiente. Y con las que vengan. La sonrisa del hombre se borra poco a poco. Es una punzadita que siente en las costillas y una ligera humedad lo que le ha borrado la sonrisa. Ha de ser el calor, piensa, estoy sudando. 
       Pero no es sudor. Es una humedad suave y pegajosa. Una humedad roja. 
       Creíste que te irías tan tranquilo, le dice antes de dar la vuelta y ser ella la que ahora se aleje. 
      Pero ya no ve que, mientras ella se marcha, va dejando tras de sí un rastro de gotas rojas sobre el piso de concreto. Y tampoco ve… que ya no ve.