EL COLOR DE LAS COSAS NATURALES

SUSANA PAGANO

Hojas de otoño

Sufrimos juntos la decadencia. Veíamos cómo se derramaban cientos de litros de combustible; cómo se enturbiaba el agua, el aire que respirábamos, el alimento que ingeríamos. 
      Nos fue invadiendo la bruma, y se secaron las sonrisas, también el goce de las pequeñas cosas de la vida. Éramos muy jóvenes, y tal vez por eso no sabíamos. Éramos tan jóvenes que no tuvimos conciencia de nada… ni el valor de decir que no. 
      Pero seguimos construyendo, haciendo edificios enormes, construcciones que ni siquiera eran redituables. Talamos millones de árboles, quemamos tierras y matamos ganado. En nombre del progreso, de la civilización. Eso nos decían. También tuvimos muchos hijos, cientos, millones, billones. Nos encargamos de convertir todo en una gran masa gris y, con ello, matamos los colores de la vida.
      No sabíamos quién era ella. La vimos llegar y supimos que había sido invocada. La habían llamado, al parecer, desde el centro de mando. Parecía un saco de huesos de tan delgada y su mirada era torva. También tenía unas ojeras tan pronunciadas que creímos por un momento que padecía algún tipo de enfermedad. Como esas que se inventaron los hombres a fuerza de manipular la genética. Pero la realidad es que ella, simplemente, era así.
      En un principio no supimos a qué había venido, después tuvimos una ligera idea. 
      Iba a llevarse todo. 
   Nuestros finos automóviles, nuestras hermosas vestimentas, nuestros aparatos electrónicos, incluso nuestras casas. Nos dejaría sin nada. 
      Se sentaba con la espalda muy recta. Te miraba desde toda su altura que ya de por sí era enorme, como del doble de cualquier hombre alto. Pero daba la impresión de que, cuando se sentaba, crecía. Nunca entendí cómo era eso posible.
      Y te observaba. Por un momento prolongado no pronunciaba palabra, sólo se te quedaba mirando y mirando. Nosotros nos quedábamos rígidos, con el corazón engarrotado y los intestinos con ganas de empezar a hacer su trabajo. Pero no hacíamos más que permanecer ahí sentados, con la sentencia pendiendo sobre nuestras cabezas. 
      Porque cuando te hacía llamar, sabías que no habría regreso. Su brazo, demasiado largo en comparación con el resto de su cuerpo, se acercaba y te rozaba una mejilla. Ese solo toque era suficiente para que te marcharas. Por eso todos estábamos temerosos de ser llamados. Y procurábamos hacer nuestras labores a la perfección, sin errores, sin espacio para las equivocaciones. 
      Conforme pasaron los días y los meses, la degradación comenzó a darle paso a la prosperidad. Pero sólo hasta que pasaron varios años pudimos ver de nuevo el azul del cielo. Dijimos: ya somos mejores ahora. Pero todavía faltaba un largo camino. 
      Mientras tanto, la mujer de brazos largos y flacos que se estiran como ligas, seguía llamando a nuestros colegas. Uno por uno. A veces espiábamos a través de las persianas que cubrían el gran ventanal que hacía las veces de pared en la oficina de la Señora. “La Señora”, terminamos por decirle. Por ahí podíamos ver cómo el compañero iba perdiendo el soplo vital. Primero, su rostro adquiría una tenue tonalidad violeta. Luego se volvía verdoso y finalmente, de un blanco inverosímil. Pero nunca podíamos ver qué sucedía después porque los resquicios por los que mirábamos se cerraban por completo y todo se volvía oscuridad. Lo que sí quedaba claro era que, quien ingresaba a las oficinas de la Señora, no regresaba jamás. 
      Por la noche, veíamos a la Señora salir de la oficina por una oquedad que se abría sólo para ese fin pues, en cuanto ella daba unos pasos hacia el exterior, la puerta en cuestión era absorbida por las paredes, como si se fundiera con ellas. No volvía a haber entrada hacia ningún lado, hasta la mañana siguiente que llegaba la Señora a continuar su trabajo. 
      Y por el umbral de esa abertura que se abría y se cerraba de manera tan inescrutable, pasaban cientos de compañeros que jamás volvían a salir. Qué hace con los cuerpos, nos preguntábamos, a dónde los lleva. Pero no teníamos respuestas.
      Pasaron más días, más meses, más años. Nos hacíamos viejos y seguíamos siendo llamados. Desfilaban por la puerta de la Señora un sinfín de personas: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. De diferentes edades, de variadas razas y etnias. 
      Entonces comenzamos a ver la claridad en el aire de las mañanas y los colores de las cosas naturales. Muchos de los cuáles no habíamos conocido nunca. Por ejemplo, el naranja, que se había extinguido muchísimos años antes de que naciéramos. No lo habíamos visto nosotros ni tampoco nuestros padres. Cuando las hojas de algunos de los árboles adquirieron esas tonalidades, todos nos asombramos y fuimos corriendo a ver de qué se trataba. 
      Hubo quienes dijeron que era obra de los Largos, esos seres de apariencia lumínica que en ocasiones venían a hacernos algunas visitas. La Señora era de la familia de los Largos. Les teníamos miedo. Por eso algunos pensaron que se trataba de una obra hecha por ellos. Luego nos explicó una anciana sabia, la única que quedaba ya, que los matices naranjas eran la expresión de una determinada época del año, que algunos árboles cambian sus tonos verdes por esa coloración ocre cada doce meses, y que lo hacen para embellecer el paisaje. Dijimos que la anciana sabia ya estaba demente. 
      Luego vimos que sólo quedábamos unos cuantos. La Señora había ido llevándose a cada uno de nosotros, a la anciana sabia también. Yo fui el último. Pero antes de ingresar a la habitación con puertas que se abrían y cerraban con la voluntad de la Señora, me di cuenta de cómo había ido quedado atrás, poco a poco y para siempre, todo aquél declive en el que nos habíamos dejado caer durante un tiempo demasiado largo. Habían desaparecido las construcciones, las grandes calles y carreteras, los centros comerciales y la tecnología. 
No quedaba nada elaborado por la mano de los hombres. 
      Reinaba de nuevo, el mundo natural.