EL MARTILLO DE LAS BRUJAS

SUSANA PAGANO

Cayó de rodillas implorando perdón. No lo necesitaba para sí misma, sino para su hijo acusado de traición, brujería, sodomía y de besarle el trasero al diablo. Lo de traición y sodomía no le causaba ninguna extrañeza, ya hacía tiempo que sospechaba que su hijo no era precisamente el modelo a seguir por los monjes dominicos, pero eso de besarle el trasero al diablo sí que le parecía una abominación, por decir lo menos. Su hijo tenía muchísimos defectos: eructaba en la mesa de manera demasiado sonora y prolongada para considerarse de buena educación, sus flatulencias se alcanzaban a percibir a todo lo largo y ancho de la pequeña y ruinosa habitación que ocupaba la familia entera, jamás se bañaba (ni en los días de consagrar), se rascaba ostensiblemente sus partes blandas y escupía adentro del templo. Bueno, pensó la afligida madre, es de imaginarse que sea un adorador de espíritus impuros si se le olvida dejar sus pésimos modales fuera de la iglesia, pero de eso a besarle el trasero… es demasiado, pensó en voz alta. ¿Le parece demasiado, reviró el inquisidor, que el engendro que tiene usted por vástago guste de practicar el pecado nefando con muchachitos que apenas saben distinguir entre el tridente del maligno y un tenedor de cubertería? La mujer se le quedó mirando y hasta las ganas de llorar y suplicar se le olvidaron. La verdad es que no entendió la pregunta. ¿Me repite la pregunta? ¿Es usted sorda o estúpida?, no me extraña que tenga un hijo con semejantes gustos aberrantes, ¿es usted también bruja, acaso? El hombre de un metro ochenta y nueve centímetros se incorporó de su asiento tipo trono y se desdobló hacia el cielo como un coloso de tiránica mirada. La anciana lo vio desplegar su enorme humanidad y sintió que se encogía de manera automática un metro de estatura. En un segundo se volvió diminuta, insegura, apocada y sumisa. Ciertamente no era una mujer agraciada y mucho menos joven, pero ahora que veía los ojos del inquisidor mirándola con esa luminosidad perniciosa se sentía como un gato recién abortado por el infierno. No, respondió tajante, desde luego que no; soy una devota cristiana fiel a la Santísima Trinidad y a su corte celestial. Yo sólo digo que mi hijo nunca le ha besado el… ¡Miente! Gritó el prelado y su voz hizo eco por las paredes de la iglesia con una resonancia que erizaba los cabellos de la nuca. ¡Usted es una arpía y una bruja, tan bruja como el demonio que ha osado traer al mundo! ¡Llévenla a los calabozos! La orden del inquisidor fue tajante y una clara sentencia de muerte. La anciana apenas podía creer lo que escuchaba. Había venido a implorar por la vida de su hijo y ahora resultaba que ella también sería torturada y ajusticiada por defender quizá lo indefendible, y seguramente también la acusarían de besarle el trasero al diablo. Entonces la anciana giró el rostro arrugado y desdentado hacia el inquisidor y clavó una mirada resuelta en los ojos arrogantes de su oponente. Pero no era una mirada cualquiera. Esos ojos brillaban con una extraña luz que se antojaba imposible. Los ojos mismos eran imposibles… sagaces, redondos y… amarillos. Como los de un lobo. El hombre en principio no se dejó intimidar, nada más faltaba que un pedazo de escoria humana como ése influyera en la seguridad que tenía en sí mismo… Pero entonces ocurrió. El tiempo se detuvo, el espacio cambió de dimensión y los planos se intercambiaron. El inquisidor estaba ahora en manos de los celadores y la anciana lo miraba desde lo alto de la silla inquisitorial. El inquisidor, vestido ahora como un vulgar indigente, sintió náuseas y mareos, le temblaron las rodillas y sudó frío mientras era encaminado hacia las mazmorras a tirones y jaloneos. Gritó cuanto pudo a sus carceleros tratando de hacerlos entender que él era el que mandaba ahí y que a quien debían llevar era a la bruja que ahora usurpaba su lugar. Pero su voz no era escuchada. Lo último que vio antes de que lo sacaran a rastras de ahí, fue la sonrisa vulgar y diabólica del inquisidor que se le clavó en el pecho de la vieja que era ahora, como un puñal. Y todo por haber dicho que el hijo de la anciana le había besado el trasero al diablo.