ARMA BLANCA

SUSANA PAGANO

Un aula de conferencias

Se estaba quedando dormida a media clase. La voz monótona del maestro, el silencio de sus compañeros que parecían estar muy interesados en lo que aprendían y la lluvia matutina que enfriaba el ambiente, la arrullaban como a un bebé. Pero Marina ya no se encontraba en la prepa como para quedarse dormida sobre el pupitre. Estaba estudiando la carrera, se suponía que ya era una mujer con mayores responsabilidades. Así que hizo un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierta. Sin embargo, los párpados de sus ojos parecían opinar diferente y se cerraban como cortinillas de comercio que está por terminar la jornada. 
          No estaba segura si realmente se había quedado dormida o por cuánto tiempo, pero cuando volvió a abrir los ojos ya no había nadie en el salón. Al parecer, la clase había terminado y todos se habían marchado sin tener antes la amabilidad de despertarla. Farfulló un par de maldiciones en voz baja y cogió sus cosas para salir volando de ahí y hacer como que aquí no ha pasado nada. Lo primero que notó fue que su mochila era diferente. No traía el portafolio de piel cuya cubierta tenía un diseño de emblemas y símbolos ingleses en colores azules, rojos y blancos. En su lugar, había una backpack color morado bastante descolorido, sucio y gastado. La desconoció pero, al mismo tiempo, le pareció extrañamente familiar, como si en realidad fuera de ella pero hubiera pasado mucho tiempo sin verla. Un poco desconcertada y segura de que todo se debía a una confusión onírica, tomó la backpack, se la colgó del hombro y salió del salón. En el largo pasillo de las aulas notó que las paredes estaban llenas de grafitis, que éste era mucho más oscuro de lo que recordaba y que el estado de deterioro de paredes, techos y puertas era evidente, como si las instalaciones de su flamante universidad de paga -y muy cara- llevara mucho tiempo en el abandono. Regresó un par de pasos y asomó la cabeza al salón del que acababa de salir y notó que también presentaba ese aspecto de dejadez. Sintió que se le aceleraba el corazón y un tenue sudor comenzaba a escurrirle por las mejillas. Entonces notó el olor. El sitio presentaba una fetidez a rancio, a humedad, a encierro. Una horda de estudiantes se dejó casi venir sobre ella. Era hora de comenzar la siguiente clase y los chicos se apresuraban hacia sus respectivos salones. Reconoció varios rostros. La chica con la que se había peleado alguna vez por culpa de un chico. El joven que le gustaba y que ni siquiera la volteaba a ver. Su mejor amiga pasó de largo como si ella fuera un fantasma o no se encontrara ahí. El corazón de Marina, a estas alturas, parecía quererle estallar dentro del pecho. Y tenía las manos sudorosas y con un extraño temblor que no entendió de dónde provenía. 
          Lo único que se le ocurrió hacer fue meterse al baño de mujeres. Intentaría refrescarse un poco, quizás eso la haría despertar de su absurdo sueño y haría que todo volviera a la normalidad. Pero cuando ingresó al sanitario, éste se encontraba en tal estado de suciedad que le dieron ganas de vomitar. Sin embargo, se dirigió hacia los lavabos y abrió uno de los grifos. Desde luego, pensar que saldría agua de esas llaves oxidadas, corroídas por el tiempo y el sarro habría sido como pedir que su novio caminara sobre las aguas. Y como si lo hubiera invocado, Javier entró al baño. Ella lo miró escandalizada, ¿qué diablos haces aquí?, le hubiera preguntado si no fuera porque se había quedado muda de asombro y de espanto porque, además, lo que vio del chico con el que había perdido su virginidad no le gustó en lo más mínimo. Empezando porque tenía el cabello pintado en un tono rojo sangre que habría escandalizado a su propia madre que alardeaba de haber sido punk en los años ochenta. Ella dio un par de pasos hacia atrás, instintivamente. Algo, además de todo lo ya visto, le decía que había algo que iba terriblemente mal. Javier extrajo de la bolsa de su pantalón una pequeña bolsita de plástico con un sospechoso polvo blanco y se lo extendió. Marina miró con estupor a su novio y luego se le quedó viendo al sobre de plástico. Parpadeó varias veces, sin saber qué decir. 
          ─ Con éste me debes 3 mil dólares, Mar, no te puedo seguir dando crédito; o me pagas o se te acabó tu suministro y tu pendejo.
          La chica se le quedó viendo, a él y a la bolsita. Ella no entendía nada pero su cuerpo sí que entendía todo. Sin comprender por qué su novio la trataba como cliente, por qué le decía Mar cuando sabía que odiaba ese diminutivo y por qué le debía tanto dinero, le arrebató el pequeño envoltorio, lo abrió con cuidado pero con manos trémulas; de su backpack morada sacó la jeringa, la cuchara torcida y el encendedor. Preparó todo con rapidez. No tenía idea de cómo sabía preparar la droga pero todo indicaba que no necesitaba instructivo. Y de sus labios, como venido de una voluntad propia, salió un rotundo:
          ─ No te voy a pagar ni madres, maldito cerdo cabrón.
Estaba a punto de encajar la jeringa en su mallugado brazo lleno de hematomas, cuando sintió un ligero golpe en el riñón. El novio, que ahora comprendía que no era nada parecido a un novio, le acababa de encajar un picahielos en el costado izquierdo. Las manos de Marina se abrieron dejando caer polvos, jeringa y demás utensilios. De momento no sentía dolor, sólo esa punzada que es más como un calambre que la sensación de haber recibido una agresión con arma blanca. Marina lo contemplaba con asombro, sin dar crédito a lo que estaba sucediendo pero él ni siquiera se inmutó. Sólo la veía como quien mira a un indigente piojoso y lleno de moscas. Javier contempló cómo la blusa blanca de su víctima se iba manchando de sangre. Luego, salió por la puerta como si acabara de orinar y no se hubiera lavado las manos. Marina presionó la herida con fuerza, para evitar que se le saliera por ahí la sangre y la vida. Poco a poco fue cayendo de rodillas al suelo. Sentía cómo se empapaba con ese líquido tibio, rojo y pegajoso. Antes de perder el conocimiento, alcanzó a ver una luz blanca y radiante que venía desde algún punto lejano en la distancia. 
          Abrió los ojos de golpe. Miró a sus compañeros de clase. El profesor continuaba explicando los motivos por los que el pueblo francés se había levantado en armas. El aula seguía estando tan pulcra y bien acondicionada como lo había estado siempre. Marina suspiró con alivio al darse cuenta de que, en efecto, todo había sido un sueño, demasiado realista pero un sueño al fin. Dos pupitres más adelante, Javier, su novio, le guiñaba un ojo y se burlaba de ella por haberse quedado dormida. 
          Pero fue la exclamación alarmada de su mejor amiga la que terminó por despertarla. 
          ─ ¿Qué pedo?, ¿qué pedo? ¡Pinche Marina, qué pedo! 
          Antes de perder el conocimiento sobre su portafolio de piel con motivos ingleses, se vio a sí misma en el suelo, rodeada de sus compañeros de clase que la miraban asustados, del profesor que pedía ayuda a gritos, de Javier que se arrojaba sobre ella para detener la hemorragia, y de un gran charco de sangre por el que, al parecer, se le escapaba la vida.