LA CHICA DEL CORO

SUSANA PAGANO

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Pertenecía al coro de la iglesia. No es que fuera realmente católica pero le gustaba cantar y ahí había encontrado un buen lugar en el cual refugiarse los domingos. Tampoco es que fuera una soprano de gran coloratura. Cantaba bien y eso era todo lo que le exigían. Y ella no pedía más. Ese lugar era su refugio y su escondite. No comulgaba, no prestaba atención al evangelio y apenas daba “la paz sea contigo”. Era solitaria, pensativa, sumida siempre en historias que se inventaba y que luego quedaban emborronadas en cualquier papel o servilleta que se encontraba. Muchas veces, al llegar a casa y desvestirse por la noche para meterse a una cama gélida y desierta,  vaciaba los bolsillos de su pantalón de trabajo y encontraba montones de papelitos mal doblados que contaban el inicio de alguna historia que nunca conocería el final. Todos sus pequeños manuscritos terminaban arrumbados en el cajón de la cómoda, revueltos y sin ningún orden. Y hoy no fue la excepción. Algún día haré un libro con todos ellos, se prometió a sí misma, aunque sabía de antemano que ésa era una promesa que no cumpliría jamás. Jamás es mucho tiempo, escuchó que decía una voz a sus espaldas. La chica del coro giró con violencia hacia donde había escuchado la voz. En su habitación sólo reinaba el oscuro silencio que envolvía su vida desde mucho tiempo atrás. ¿Quién está ahí?, preguntó con la voz entrecortada. No obtuvo respuesta pero claramente sintió un cálido aliento en su cuello que la estremeció. Quiso salir corriendo, huir de ahí, gritar, pedir auxilio. Pero no pudo moverse. Como en aquellos sueños que a veces acosan al dormido y en donde el soñante no se puede mover por más que lo intenta. Así se sentía la chica del coro. Atónita y clavada al suelo, temblaba de pies a cabeza. La ventana se abrió de golpe y el contenido del cajón de la cómoda salió volando por toda la habitación. Ni siquiera esta vez pudo gritar. Siguió estupefacta y aterrada, como estatua. No lo pospongas más, dijo la voz. La chica, aún aterrada, preguntó de qué estaba hablando. Jamás es mucho tiempo, repitió la voz. Y los papeles revueltos y volátiles terminaron de caer al suelo con calma, como si planearan con voluntad propia. La ventana se cerró de golpe, la chica dio un respingo, volvió a sentir el aliento tibio y húmedo alrededor de su cuello. La sensación de pánico desapareció para dar paso a un estremecimiento que le puso la piel de gallina. ¿Qué está pasando?, se preguntó y lo hizo en voz alta. Soy yo, dijo la voz, he venido a hacer lo que tú no te has atrevido a realizar. ¿Sí?... Sí… El miedo fue desapareciendo poco a poco, la chica del coro empezó a relajarse, sin saber por qué y luego volvió a sentir el vaho reconfortante y caliente en la nuca. Ahora el estremecimiento vino con una contracción en el vientre, como cuando sentimos mariposas en el estómago. ¿Quién eres?, preguntó temerosa. Yo soy tú, respondió aquél… y quien hará de ti lo que has venido a hacer a este lugar. No entiendo. No es necesario que lo hagas, sólo déjate guiar por mí. La chica del coro se estremeció con violencia y cayó estrepitosamente al suelo. Sin embargo, no sintió dolor de nada, sólo un placer extraordinario que la hacía experimentar por primera vez el éxtasis. La habitación se iluminó y ella permaneció con los ojos cerrados un buen rato más, sintiendo, gozando. Después vino la calma. La recámara volvió a sumirse en la mundana oscuridad de la noche. La chica abrió los ojos. Qué extraño sueño, pensó y se frotó los párpados, adormilada. Al volverlos a abrir se dio cuenta de que no estaba en su cama, sino en el suelo, rodeada de todos sus pequeños y arrugados manuscritos. Entonces lo supo. Supo lo que había pasado y lo que tenía que hacer después. Se incorporó y tomó distancia de todos los papeles arrojados, al parecer, con descuido sobre el suelo. Los observó con atención. Los colores variaban, algunos estaban más arrugados o eran más pequeños, otros eran servilletas con el logo de algún restaurante. Pero todos parecían estar acomodados. Se dispuso a leerlos en el orden en que habían caído. Tenían una congruencia y un orden lógico. Contaban una historia. Conformaban entre todos una sola anécdota. La chica se incorporó y los fue recogiendo en ese preciso orden. Uno a uno, con cuidado, amorosamente. Ya no volvería a ser la chica del coro, solitaria y aburrida. Ahora tenía entre manos una obra que por ser suya era magistral. Abrazó los papeles contra su pecho y se dirigió directo al estudio, donde una computadora arrumbada y medio obsoleta, la esperaba con paciencia. Se sentó frente al monitor, encendió el aparato, esperó a que cargara los programas. Y una vez que inició, la chica -que ya no era del coro- empezó a teclear con fruición. Y no se detendría hasta terminar.