DE FRENÉTICAS DANZAS Y MUJERES

SUSANA PAGANO

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Danzas frenéticas de mujeres que visten sus usuales ropas de campesinas. Parecen haber bebido algún extraño elixir que las mantiene en un ruidoso estado de éxtasis. Alguna se atreve a cantar y levantarse las enaguas enseñando a los extasiados asistentes unas piernas forradas de largos calzones de rústico algodón que las cubren hasta los tobillos, en realidad no es que enseñen mucha piel pero no es la idea de verlas desnudas lo que excita a los hombres, sino verlas en aquél desenfreno sinuoso entre erótico y grotesco que las hace menear el cuerpo con aquellos ademanes. Un hombre, caballero al parecer, un hidalgo proveniente de una comarca distante se acerca a la más joven y atractiva de las mujeres danzarinas. La mira, la examina cuidadosamente. Ella no se da cuenta de su presencia hasta que lo tiene a un palmo de distancia. El hidalgo la toma por la cintura y la estrecha contra su pecho en un movimiento brusco. Clava su mirada azul en la café de ella, y de un movimiento brusco la tira por los cabellos hasta el suelo. Ella lo contempla desde el piso con mirada felina, desquiciada. Luego se acerca a él lentamente a cuatro patas, como gata, como leona, como pantera. Él la mira arrogante desde su altura, escupe al suelo su desprecio y se aleja de la fogata, del exótico baile, de los ensimismados presentes que no se han dado cuenta de nada, de tan embotados que están. El hidalgo trepa a su montura y se marcha apretando los dientes, cogiendo con mano temblorosa el puño de su espada. Por un momento ha pasado por su mente la idea de dejar caer el filo sobre el cuello de la chica. Pero no ha podido hacerlo, la sangre que corre por las venas de ambos se lo ha impedido. Los lazos fraternales lo han vuelto a cegar. Es una maldita bruja, le dijo su padre, llévala con la inquisición. El hidalgo recorre un largo trecho en su montura antes de detenerse, apearse al lado del río y beber de sus aguas.

         Eso era un aquelarre, piensa, debí matarla con mis propias manos, se recrimina por su insensatez y su cobardía. Se incorpora de un brinco y de otro vuelve a subir a su montura. Antes de que la quemen en la hoguera, piensa, antes de que la torturen, antes de que… Jinete y montura vuelan por el camino que lleva de regreso al llano, al lugar del aquelarre. Ella y todos sus partidarios han de morir. Juntos. Con una mano dirige su montura y con la otra va blandiendo la espada. Haría rodar su cabeza y se la llevaría a su padre como prueba, como muestra de su lealtad y del exterminio del mal en el condado. El aquelarre continúa en su apogeo, los danzantes brincan y bailan alrededor de la fogata. Como un trueno, como un loco, el hidalgo blande la espada a diestra y siniestra. Sangre que salpica las paredes, cabezas que ruedan por el piso de baldosas. ¿Paredes?, ¿baldosas? Estábamos a campo abierto, piensa por un momento. Pero después ya ha dejado de pensar porque ha culminado con su labor. Ha exterminado la orgía dantesca de seres del inframundo que llegaron para abrirle la puerta al maligno. Exhausto y atribulado, el joven hidalgo cae rendido a los pies de su cama. Poco tiempo después una luz cegadora lo despierta de golpe. Ya ha amanecido. Los alaridos de dolor de su madre le taladran los tímpanos. Por qué grita tanto, no entiende. Dos hombres enormes lo levantan en vilo del suelo alejándolo de vómito, orines y lo arrastran hacia la puerta. Lo último que alcanza a ver antes de salir es el cuerpo inerte de su esposa que yace inmóvil sobre la cama con el cuello fracturado. Y el noticiero matutino en la televisión de plasma de sesenta pulgadas.

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