GAIA, DE ETERNA AUSENCIA

SUSANA PAGANO

Eiffel-torre-Primer

I
Afuera repicaban las campanas de la iglesia. Permaneció a la espera por varios segundos antes de abrir la puerta de la gran habitación matrimonial. En realidad no tenía mucha idea de lo que debía esperar. Ella siempre fue así. Parsimoniosa, de movimientos suaves y etéreos. Con esa mirada lánguida que parecía despreciarlo todo o, en el mejor de los casos, ignorarlo todo. Le restaba importancia a las cosas, le hacía sentir a los demás que ella estaba por encima de todo. Nada podría valer más que sus pensamientos o su indiferencia. 
      Como un cuento venido de muy lejos. 
      Como un océano de preguntas. 
      Pero, en realidad, no es que se sintiera así. Era todo lo opuesto, pues esa languidez y esa postura indiferente en realidad, hablaban de su profundo temor. 
      Siempre tuvo temor. 
      En realidad, no sabía bien a qué o a quién. ¿A su marido?, ¿ese hombre celoso y posesivo hasta la náusea? Pero quizás eso era justo lo que lo transformaba en un ser monstruoso: la indiferencia de Gaia… su eterna ausencia. Estaba presente al mismo tiempo que se escapaba, que se desvanecía de entre los dedos. Él intentaba no perderla de vista mientras que ella se perdía en recuerdos de aquello que aún no ha sucedido. 
Matarla habría sido la manera más fácil de salir del infierno. Arrebatarle la vida que a él mismo le estaba coartando. Pero era como si Gaia hubiera derramado algún tipo de hechizo. 
      ─ Me tienes embrujado, solía decirle… me matas con tus ausencias. 
      ─ Pero si aquí estoy siempre, respondía ella. 
      ─ Cómo sé que en verdad estás aquí y que no te escapas por la ventana de tu mente. 
      ─ Eso no puedes saberlo. 
      Porque, de hecho, sí que lo hacía. 
      Y viajaba, y volaba, y se ausentaba por semanas, a veces días. 
    Algunos decían que habían llegado a verla en lugares tan remotos como el viejo continente o en Asia, incluso. 
      ─ Cómo es que te vieron en la India, le preguntaba él. 
      Y ella no respondía.
      En donde más la habían visto era en París. Quizá porque era su ciudad favorita. La ciudad luz. Y ella, con esos ojos perseguidos siempre por la muerte, por el desasosiego y el desamor, viajaba a ese punto. Sólo tenía que soltar su cuerpo, cerrar los ojos. Una torre Eiffel y un arco del triunfo parecían recibirla siempre con los brazos abiertos. Lloraba de alegría cada vez que llegaba ahí. Entonces se transformaba, se convertía en un ser diferente, autosuficiente, segura de sí misma. Su mirada cambiaba por completo, sus ojos se encendían con luces de colores, sus movimientos corporales se convertían en los de una bailarina, en un ser tocado por la gracia divina. Su risa… también su risa se transformaba en la de un ser gozoso, pleno. Deseaba siempre permanecer ahí, no regresar a casa, a un lugar en el que era todo menos feliz. Y, sin embargo, algo la devolvía a su ciudad y a los ansiosos brazos de un esposo aprehensivo. Ella sabía, de cualquier forma, que volvería a escapar, que lograría irse de nuevo a su lugar favorito o a otro, en todo caso, pero a un sitio mucho más armónico y feliz. No sabía por cuánto tiempo lograría permanecer fuera la siguiente vez. 
      Pero de una cosa estaba segura: algún día no regresaría. 
      Eso era a lo que tanto temía su marido. A que Gaia no volviera. Que cruzara esa frontera y la perdiera. Entonces sucedió. Gaia tomó su lápiz de labios favorito, una mascada para cubrirse el cabello y una capa que la abrigara de la inclemencia. Pero esta vez se había llevado también su cuerpo. Cuando su marido entró a la gran habitación matrimonial, se dio cuenta de que había sucedido, de que, a diferencia de otras veces, se había llevado con ella la materia, lo único, quizá, que su marido apreciaba: El cuerpo de Gaia. 
      Lo había dejado todo atrás y lo había hecho cruzando una puerta de la que no se vuelve jamás. En lastimoso estado de desesperación, su esposo la buscó en París, en algunas ciudades de la India, en Tokio y Budapest. En todos aquellos lugares en los que había sido vista con frecuencia. La buscó, incluso, en Nueva York, una ciudad que decía detestar porque, según ella, se sentía presa de todos aquellos enormes edificios que le quitaban el aire para respirar y la vista para admirar más allá del cielo. 
      Pero nunca la volvió a ver, ni él ni nadie. 
      Gaia, en efecto, se había ido. 
      Dicen que si deseas esconder algo, debes hacerlo a la vista de todos. El que nadie pudiera verla no significaba que no estuviera ahí.


II
Había encontrado la puerta. No es que la hubiera estado buscando particularmente. Se le presentó así, sin más. Fue un día de otoño. Lo recordaba por el colorido de las hojas de los árboles que tenía en el jardín de su casa. Él era originario de un país tropical en el que los árboles no se transforman en esa fiesta colorida de tonos marrones, naranjas y amarillos. Por eso tenía tan presente el tapete anaranjado que recorrió cuando se topó con la puerta. Era una sencilla apertura en una especie de gruta enclavada en las rocas al fondo de su jardín. Puede parecer extraño pero su jardín se ubicaba en una zona volcánica en donde la roca hecha de lava era lo común. Se adentró, pues, por esa puerta. De inmediato se sintió distinto. Rozando con lo desconocido. Seguía siendo él, desde luego, resultaría estúpido decir que no lo era. Continuaban siendo sus manos, sus pies. Se tocó el rostro y reconoció cada curvatura, cada pliegue o cavidad. La ropa era la misma, tampoco es que de pronto se encontrara en otro tiempo o en otro cuerpo. Inhaló lo más profundo que pudo, llenando los pulmones de un oxígeno limpio, puro, ausente de toxinas propias de la contaminación ambiental. Esto era sentirse vivo en verdad. 
      Caminó un largo trecho por aquella cueva que parecía un laberinto sin fin. No le importó, pues disfrutaba de cada rincón, de cada recoveco. Por un momento se sintió como un pequeño ser que se ha infiltrado por las entrañas de la tierra y que esas cuevas eran las venas de ese ser. Sonrió ante su propio pensamiento. Qué absurdo, se dijo. Pero nada tenía de absurdo adentrarse hacia el interior de un cuerpo vivo, latente, armonioso, transmisor de una paz absoluta. Cerró los ojos y por unos segundos sintió en cada célula el sitio en el que se encontraba. Se sintió pletórico, inmortal. Abrió de nuevo los ojos y continuó su recorrido. Después de un tiempo de andar por aquellos pasillos retorcidos y laberínticos, se dio cuenta de que la luz nunca terminaba. No llevaba lámpara o antorcha alguna y, sin embargo, no la necesitaba. Una luz, proveniente de algún sitio que no terminaba de ubicar, iba iluminando su camino. Eso le dio confianza para continuar. Sabía que, si confiaba, no había modo de que se perdiera o de que, en un momento dado, no encontrara el camino de regreso. 
Entonces encontró un pequeño riachuelo. Eso le dio mucha alegría. Se refrescó, bebió un poco y continuó andando. Pero ahora lo hizo siguiendo la trayectoria del arroyo. De alguna manera, sabía que ésa era la ruta que debía seguir. Lo raro fue cuando empezó a encontrarse con árboles. Árboles de todo tipo. Frutales o de la gama de arbustos. Algunos eran colosales, otros tan pequeños como un niño que empieza a caminar. Los admiró todos y, mientras veía las copas de los árboles se dio cuenta de que era de día. Absoluta y rotundamente de día. Como si hubiera un sol dentro de la cueva. Sólo falta que me encuentre con una playa, arena y el mar, se dijo. Sólo bastó con desearlo para tenerlo. Frente a sus ojos rompían las olas de un mar enigmático y espléndido. 
      Siempre le gustó el mar. 
      Su continuo ir y venir lo seducía. Pero también le tenía respeto. El mar seduce, pero traiciona. Sin embargo, ahora sabía que este mar no le traicionaría. Entonces tuvo la certeza de que había llegado. La tuvo porque se sintió en casa y porque vio a Gaia sentada y sonriente sobre una gran roca junto al mar. Ella lo miró y fue como si con su sonrisa le dijera que lo había estado esperando.  Y que todo estaría bien.
      Dicen que si deseas esconder algo, debes hacerlo a la vista de todos.