HAMBRE

SUSANA PAGANO

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La niña recogió una manzana medio podrida del suelo y la engulló con avidez. Hacía más de 3 días que no llevaba bocado alguno a su estómago. Y éste tenía la perversa manía de recordarle con aspavientos y dolores varios, la ausencia de alimento que lo hacía estremecerse. Ni por un momento se le ocurrió la posibilidad de que la manzana semipodrida le pudiera hacer algún daño. Su madre se habría horrorizado de lo que estaba haciendo. Pero su madre no estaba ahí, hacía mucho que no estaba. Y ella, con sus escasos 13 años tenía que decidir si se comía una manzana en esas condiciones o pasaba un día más sin comer. Decidió hacer caso omiso a la vocecilla materna que la prevenía del peligro. Es más, ni siquiera se dio cuenta de que le hablaba. Sus tripas crujieron ansiosas y contentas al sentir que, al fin, llegaba algo comestible a sus entrañas. La chiquilla se sintió regocijada por un breve momento. Luego recordó que también debía encontrar algo de agua, pero agua que no hubiera sido contagiada de esa absurda enfermedad a la que todos temían y que nadie sabía de dónde había llegado y por qué. La niña recorrió la pequeña cabaña con cautela, no fuera a ser que hubiera todavía algunos enfermos que terminaran por contagiarla a ella también. Pero todo era silencio, un absoluto y férreo silencio mortífero que helaba la sangre. Se sintió de pronto invadida por ese sentimiento de soledad y abandono que la venía persiguiendo desde hacía más de ocho meses. Desde que toda su familia pereciera a causa de la peste negra, la embargaban esos sentimientos de angustia y soledad que habían venido a instalarse a su vida con férrea determinación. Pensó en los cadáveres. En los de sus padres y sus hermanos menores. En los de sus abuelos y sus tíos. En los de sus amigos y sus primos. Todos. Todos habían ido a parar a la pila de cuerpos que terminarían en una fosa común. Sin cruz que los protegiese de los malos espíritus, sin bendición que los encaminara hacia el edén, sin privacidad ni recato, sin absolutamente nada. La chiquilla suspiró con tristeza y siguió su inspección por el interior de la cabaña. Quizá podría hacer de esas cuatro paredes su hogar. Ahí se instalaría en lo que venían tiempos mejores, en lo que conocía a un buen chico que la desposara y en lo que llegaban los vástagos producto de ese matrimonio. Porque, a pesar de todo, aún creía que podría volver la vida a la normalidad, que podrían retornar los viejos tiempos. Entonces escuchó el crujir de la madera bajo unos pies. Son pies de hombre, pensó. Eran pisadas fuertes, robustas. Tenían que ser las de un hombre. Con la velocidad que da la necesidad de sobrevivir, se escondió detrás de una gran mesa de pesadas patas redondas. Las patas habían sido hechas con pedazos de tronco de árbol, por eso eran lo suficientemente anchas para cubrir el cuerpo pequeño y menudo de la niña. Temerosa, sintiendo en la boca ese amargo sabor a miedo, se abrazó a sus piernas y cerró los ojos con fuerza. Sabía que si ella no podía verlo, él tampoco podría verla a ella. Así que se aferró a la idea de que el hombre haría lo que tenía que hacer y se marcharía dejándola de nuevo sola y en paz. El hombre –que a deducir por lo fuertes de sus pasos era un tipo enorme—  caminó por la habitación que hacía las veces de cocina, estancia y dormitorio. Fue de un lado hacia otro moviendo cacharros, leños y objetos varios. La chiquilla seguía con los ojos muy cerrados a la espera de quién sabe qué. El hombre, efectivamente, no la veía. Se felicitó a sí misma, sabía que se había escondido en el lugar adecuado y que su empeño por cerrar los ojos la mantenía a salvo. Él siguió en lo suyo yendo y viniendo sin percatarse de la presencia de la pequeña extraña. La niña rezaba fervientemente, sabía que esto también ayudaría a no ser descubierta y a poder luego escapar de ahí sin un solo rasguño. Pero sentía cómo latía atemorizado su corazón. Dentro de su pecho, daba tremendos golpazos como si fuera un mazo arremetiendo contra sus costillas. Y tenía la mandíbula tan apretada que por un momento pensó que se escucharía fácilmente el rechinar de sus dientes. Casi no respiraba. Sabía que no podría seguir así mucho tiempo más, pues terminaría ahogándose o revelando su presencia. Estaba por asfixiarse cuando sintió una manaza sobre su hombro y dio un respingo. Abrió los ojos aterrada. El hombre, que efectivamente era como del tamaño de un gigante, comía una pierna de pato rostizada sentado ante la mesa. Hasta ese momento, la chiquilla se dio cuenta del delicioso aroma que flotaba en el ambiente y que el miedo le había ocultado a su olfato. Sin mirarla, el hombre señaló el sitio en la mesa frente a él. Un plato de pechuga de pato la esperaba. Entonces sus miradas se cruzaron. La de él no era la expresión de un santo, pero ella supo que todo estaría bien. La niña se incorporó lentamente del suelo, y con la delicadeza y el sigilo de un gato, fue a sentarse frente al primer plato de comida que tenía en meses.