DOS OBSEQUIOS 

SUSANA PAGANO

Papel envuelto cuadro

El agua estaba a punto. El chef dejó caer la pasta, echó un puñado de sal y un chorro de aceite y dejó que el agua continuara con su labor. Mientras tanto, los pinches picaban verduras, ajos, cebollas, con una velocidad insólita. Él recorrió la cocina con ese apremio que da el estrés de un restaurante lleno a reventar y de una demanda poco paciente por parte de los clientes. Él, sin embargo, estaba acostumbrado a este tipo de presión. No está de más agregar que insultó a una ayudante por no picar la cebolla lo suficientemente rápido ni lo suficientemente fina. También le gritó un par de veces a un chico de aspecto escuálido y quebradizo por dejar hervir demasiado tiempo las verduras de la guarnición. Pero el trabajo continuó como siempre saliendo platillo tras platillo de manera mecánica y eficiente hacia sus respectivas mesas. Los meseros no dejaban de entrar pidiendo nuevas órdenes, recogiendo nuevos platillos, exigiendo nuevas comandas. El chef mandaba, ordenaba, supervisaba y echaba ojo a las ollas y sartenes de las estufas. Nunca se sentía lo bastante satisfecho con los resultados pero tampoco desdeñaba el trabajo. 
       Cuando entró la hostess para informarle que solicitaban su presencia en el comedor, la miró como si no comprendiera lo que le acababa de decir. Y no porque fuera muy raro que algún cliente solicitara su presencia con la finalidad de felicitarlo por la suculencia de sus platillos, sino porque, en esta ocasión, la expresión de la hostess tenía una mirada intraducible, había algo en sus ojos que no alcanzó a comprender de inmediato. Empero, era menester que saliera de inmediato a recibir las felicitaciones de sus clientes. Nunca era bueno hacerlos esperar y menos si es para que te den un buen apretón de manos y un halago que hace del ego el protagonista. Así que salió de su sitio de trabajo portando orgulloso la filipina y el gorro característico de su oficio y se dirigió hacia el salón principal. Lo hizo detrás de la hostess que lo conduciría hacia la mesa en donde aguardaba el cliente. 
       La impresión de lo que vio a continuación jamás se borrará de su memoria: el restaurante estaba vacío. Excepto por una mesa a la que una luz cenital iluminaba de lleno. Y frente a esa mesa estaba sentado un singular personaje. Se trataba de un individuo, se puede decir que era de sexo masculino pero al que, en realidad, no se le definían las facciones ni para un sexo ni para el otro. Bien podría haber sido hombre que mujer, o ambos al mismo tiempo. En suma, lo que le hacía suponer que se trataba de un varón, era su forma de vestir. Llevaba pantalones de casimir color gris oxford, chaleco a rallas en un tono de gris más claro y una chaqueta que nada tenía que ver con lo anterior, es decir, era un saco a cuadros de estampado escocés en colores rojos y marrones desteñidos por el paso del tiempo. También llevaba un clavel prendido a la solapa. Pero su vestimenta no fue lo primero que llamó su atención. Fue su tamaño. Decir que era enano habría sido un halago. El ser andrógino tenía la estatura de un bebé que recién se ha soltado a caminar, es decir, no mediría arriba de sesenta centímetros. Sin embargo, era perfectamente proporcionado. No tenía estas anomalías de las que padecen los que sufren enanismo. Sus brazos y piernas eran delgados, su cabeza era pequeña y todo sumaba una perfecta simetría que el mismo chef habría anhelado, ya que su abultado vientre resultaba ya una molestia por muchas razones que no explicaremos aquí. Con algo de reserva, se acercó al diminuto sujeto. 
      – Buenas noches, Monsieur, ¿en qué le puedo servir?
      – Soy yo quien le va a servir a usted –replicó el hombrecillo con facciones a veces demasiado femeninas.
      – ¿Y bien?
      – Tengo dos obsequios que ofrecerle. Pero sólo puede escoger uno. 
      – ¿Es esto un acertijo? –preguntó molesto. Después de todo tenía una cocina a reventar de platillos por salir y un restaurante lleno hasta el… Y volvió a mirar a su alrededor. Observó la quietud del lugar, el silencio que inunda un sitio vacío de comensales y la tranquilidad que se respiraba ahí. Sin embargo, algo llamó su atención. De reojo y de manera muy veloz, vio un inusual movimiento de gente que entraba y salía de la cocina como si llevaran prisa. Se sintió incómodo pero no pudo hacer nada porque el ser andrógino le tomó del antebrazo, para volver a atraer su atención. Él no pudo volver a mirar hacia lo que sucedía fuera de su campo de visión y centró todos sus sentidos en su interlocutor. Éste, a su vez, fijó mucho la mirada en los ojos del chef. Lo observó profundamente, como cuando se vislumbra dentro del alma. El chef, a su vez, sintió esa mirada; supo que el sujeto en cuestión le veía hasta las entrañas, la vida misma; y se sintió desnudo, expuesto y vulnerable. 
      – No se preocupe, de cualquier modo sé todo de usted. Y, respondiendo a su pregunta… no, no es ningún acertijo. Es sólo lo que le estoy diciendo, sin embustes ni adivinanzas. Tengo dos regalos y usted debe escoger uno de ellos. El primero tiene que ver con la inteligencia y el otro con la paz. ¿Cuál elige? 
      – La inteligencia, desde luego –respondió sin pensárselo demasiado.
      – Bien, ha elegido bien. De cualquier modo, ¿qué se puede hacer con la paz?, ¿cierto? –y el pequeño hombre rio de buena gana. 
      – Y bien Monsieur, ¿hay algo más que pueda hacer por usted? 
      – Ya ha hecho todo lo que tenía que hacer, no se preocupe. 
Con la sensación de que había sido víctima de un mal chiste, el chef estaba a punto de despedirse del extraño personaje afeminado cuando se dio cuenta de que éste ya no se encontraba ahí… como si se hubiera desvanecido en el aire. En cambio, el lugar bullía de gente que hablaba, se reía, conversaba. Él se limitó a caminar diligente hacia su puesto de trabajo. Lo primero que notó al acercarse a las puertas de madera batientes fue que no llevaba puesta su filipina. Se tocó la cabeza y no traía puesto el gorro. Miró su vestimenta y nada tenía que ver con la de un chef de su prestigio. En cambio, llevaba un entallado vestido rojo que hacía lucir sus curvas femeninas como si se lo hubiera pintado sobre el cuerpo. En su camino presuroso, miró de soslayo su imagen reflejada en uno de los grandes espejos que adornaban el establecimiento y constató que, en efecto, lucía el cuerpo de una mujer esbelta y hermosa. Sin embargo, no se detuvo a contemplarse y caminó lo más velozmente que le permitían sus tacones de aguja. 
      –Soy médico –dijo en voz alta y entró a la cocina a salvarle la vida al chef que había caído al suelo víctima de un infarto.